micro-relato a las 3:33

Tiró furiosa de la desgastada manecilla mientras empujó con sus exiguas fuerzas por última vez, antes de maldecir aquel viejo cacharro, y apoyar derrotada la cabeza contra la fría ventanilla. No era la primera vez que se le atrancaba la puerta del coche ese mes, pero sí la primera que no tenía fuerzas para saltar la palanca de cambios y salir por la del copiloto. Se quedó pasmada mirando como la luz que se colaba por las rendijas de la puerta iba descendiendo de intensidad durante horas, sintiendo como sus pies se hundían en la delgada alfombrilla como si fuera un banco de arenas movedizas.

Cuando él la despertó, la luna ya brillaba tras las rendijas; besó su frente, al tiempo que atravesó el puente de sus piernas con una mano para aferrarse a su rodilla, mientras deslizaba la otra por su espalda y se anclaba en su axila derecha; irguió sus flexionadas piernas y bufó levemente antes de trazar noventa grados de compás, cerrar la puerta con la pierna izquierda y encaminarse a la puerta del garaje.

Por un momento, ella se sintió pesada en sus brazos, se adivinó como una enorme televisión de tubo, que su dueño carga hasta el contenedor más cercano, cuando ya ha sintonizado la pantalla de plasma que ocupa el que hasta la semana pasada era su lugar; mas todo desapareció cuando el hundió su cara en ella y acarició sus mejillas con la punta de su nariz.

 

 

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